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Artista veracruzano a un año de su partida
Jaime Guerrero García

A Isis Celeste y Flor, va este ramo de palabras y recuerdos para abrazarlas.

Hace más de un cuarto de siglo conocí a Sixto Aparicio Candelario, eran los años de complejidad política. La ONU había declarado el año Internacional de la Juventud en 1985, miles de estudiantes de provincia creíamos que con ese decreto nuestra situación mejoraría en México y en particular en la ciudad capital, pero los gobernantes mexicanos parece que odian a sus jóvenes y nunca les cumplen, nunca les cumplieron.
El país era gobernado por Miguel De la Madrid Hurtado y en ese sexenio la sociedad civil decidió rebasar a las autoridades, sobre todo con los actos de solidaridad en los sismos de 1985, la gente se organizaba y mitigaba su dolor uniendo esfuerzos, apoyándose entre sí, sacando de los escombros los cuerpos de los sobrevivientes, lamentando y llorando junto al olor de los cadáveres ; viendo como las lágrimas se desprendían de sus ojos, junto con la caída de los murales en los edificios históricos como el Hospital 20 de Noviembre, la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas SCOP y los hoteles Regis y Del Prado.
En las calles de Serapio Rendón 76 Colonia Tabacalera, una importante comunidad de jóvenes nos convocábamos para estudiar arte, había cursos de Oratoria, Creación Literaria, Declamación, Ensayo Político y Periodismo, entre otras.
Después de estudiar en las mañanas, o trabajar algunos, nos dábamos cita todas las tardes en el recinto juvenil conocido oficialmente como Consejo Nacional de Recursos para la Atención de la Juventud (Crea).
Teníamos como coordinador de los Talleres Nacionales al maestro José Muñoz Cota Ibáñez, un intelectual, maestro, escritor y político de primerísimo nivel, respetado nacional e internacionalmente, reconocido por su gran cultura y solvencia moral. Él nos cobijaba en nuestro afán por acercarnos a la cultura. En realidad gracias a su talento y vocación magisterial, el Crea sobrevivió y se extendió en todo el territorio nacional.
Quizá esta institución de la juventud fue, después de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Instituto Politécnico Nacional (IPN) el espacio donde más concentración había de estudiantes de provincia. Entre ellos estaba el joven veracruzano Sixto Aparicio, quien puntualmente llegaba cada tarde para escuchar atento las sabias palabras de nuestro culto Maestro, Muñoz Cota y de los coordinadores de Talleres e invitados de gran calidad siempre.
Allí llegaban pintores, escritores, políticos, diplomáticos y lo más granado de la cultura nacional para impartirnos cátedra, pues era muy difícil negarse a una generosa invitación del maestro que conducía los talleres.
Conformamos una especie de micro república, sólo por mencionar algunos amigos en común les diré que compartíamos las aulas con los oaxaqueños: Carlos De la Rosa, René Gamboa, Cándido Antonio Ferrer, Francisco Jiménez Noricumbo, Carlos Aquino, Álvaro Jiménez y Adrián Cruz.
Los mexiquenses: Nely Tapia, Ramiro De la Rosa Bejarano, Sonia Rojas, David y Gabriel Rodríguez, el Guanajuatense Tomás López, los Hidrocálidos, Fernando Alférez y juan Manuel Fraustro, el potosino Daniel Hernández, los chiapanecos, Víctor Cruz, Beatriz Domínguez, el ingeniero Lucino Ibañez, en fin, éramos de toda la república: Sinaloa, Jalisco, Hidalgo, Sonora, Oaxaca, Veracruz, Estado de México, Hidalgo y todas las entidades del país.
La gran mayoría de los estudiantes eramos jóvenes ávidos de cultura, veíamos ese espacio como un auténtico templo de aprendizaje. ( el Ágora de nuestra nación) Los partidos políticos deseaban cooptarnos, con algunos nunca lo lograron, pues había solidez en nuestro aprendizaje y sobre todo en quienes nos enseñaban, no fuimos formados como apolíticos, por el contrario, siempre se nos inculcó un gran respeto al arte y a la ciencia, a la ciencia política y no a ser zalameros ante los políticos y el poder . Algunos compañeros sí se volvieron militantes y su decisión muy respetable. Fueron los menos.
Sixto compartía una habitación en una popular colonia en Tacuba, con uno de sus paisanos que nosotros llamábamos el “jibaro” Alberto García Reyes. Vivían en un cuarto modesto, sin más muebles que un par de camas desgastadas, pero cubiertas con unas colchas como recién planchadas, debajo de la base de los colchones guardaban una austera despensa de la que sacaban algunas galletas, café, té y azúcar para ofrecer a sus visitantes, luego de calentar su agua con una resistencia eléctrica sumergida en una vieja jarra de plástico, comenzaba la hora del café y teníamos que beberlo lentamente para que durara y así no colapsar la economía de los amigos veracruzanos, el café y el azúcar eran caros para todo estudiante.
A veces Sixto tenía que rodear tres o cuatro cuadras para llegar a su residencia, yo le preguntaba que porqué tanto rodeo y, con su franca y grave voz me decía que, una señora que les fiaba la comida en una fondita, estaba esperando su paga de una semana y, no había recursos para cubrir la deuda por el momento, así que era preferible “desgastar la suela y caminar más para evitar la pena del cobro”
En realidad Sixto era un cliente consentido en esa cocina económica, pero quería evitar un mal momento.
Todos los días, después de sus clases de de arte en la escuela de pintura y escultura “ La Esmeralda” , llegaba a los talleres del Crea y una vez que concluían estos, asistíamos a presentaciones de libros, exposiciones de pintura, escultura o a las encuentros novedosos de la época, como : multimedia, performance e instalaciones artísticas.
José Muñoz Cota, quien fue secretario privado del General Lázaro Cárdenas del Río y años después Director de Bellas Artes nos recomendaba acercarnos lo más que pudiéramos al arte, porque así lograríamos amar más a nuestra patria, nuestra familia y a nuestro futuro. Nos decía, que para ser un buen orador, un periodista o un artista, no había que leer libros, si no “devorar bibliotecas”. Ante esa sugerencia nos pasábamos las horas en bibliotecas públicas y como los recursos económicos no eran los suficientes, también esperábamos con ansiedad las ferias de libros y las novedades editoriales para ojear y hojear por lo menos, los ejemplares de autores modernos.
Para Aparicio “El artista” como le llamábamos, todo era arte y se emocionaba cuando en los concursos de oratoria o en los talleres de enseñanza se hablaba de los muralistas Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y que decir de las dos grandes pintoras, Frida Kahlo y María Izquierdo. Le brillaban sus rasgados ojos al escuchar estos nombres, porque se identificaba inmediatamente con la plástica.
Por supuesto que nos hacían referencia a los grandes pintores internacionales como Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, Rembrandt, Vincent Van Gogh, Pablo Picasso, Paul Cézanne, Joan Miró, Botticelli, Jean F. Millet, Renoir, Francisco Goya y muchos más que eran parte de las pláticas cotidianas del joven pintor acayuqueño.
Para Aparicio todo giraba en torno al arte, se podía pasar horas y horas contemplando una pintura en Museo Franz Mayer, le gustaba pasar parte de sus horas durante el día en la Pinacoteca de la UNAM a unos pasos del Centro Cultural José Martí.
Cada que pasábamos por el Palacio de Bellas Artes que era muy constante, él miraba con mucho detenimiento el exterior y la fachada del recinto cultural, siento que hasta quería hacerle algunas remodelaciones o que pronunciaba una oración cultural en silencio, me decía que que le gustaban los pegasos, esculturas que adornan el frente el monstruo de mármol y que se le antojaba un día cabalgaría en uno de ellos.
Ya en el interior del Palacio, era de los visitantes que se podía estar todo el día contemplando las exposiciones , en la librería de Arte, observando los frescos de los muralistas y disfrutando de presentaciones de libros o escuhando conferencias. Me consta que un día llegó a estar, desde que abrieron hasta el cierre. Desayunaba , comía y cenaba cultura.
Para él era fácil conversar con el arte, es más sabía compartir una buena charla del tema por muy complejo que este fuera, en cierta tarde noche, más noche que tarde llegamos a un lugar de sano esparcimiento y una mesera escuchaba atenta la plática de Sixto quien traía muy fresco el libro de Vincent van Gogh, Biografía de una vida atormentada.
Aparicio refería que el artista autor de Los Girasoles en Jarrón había pagado una deuda con una prostituta y que a falta de dinero se cortó la oreja para entregarla en pago a la mujer. La mesera que nos atendía estaba sorprendida y quedó más impactada cuando le dije, él señalando a Sixto, es pintor, es artista como Van Gogh.
Así comenzábamos una especie de tertulia cultural un compañero que sufría de tartamudez decía para no quedarse atrás: él es pintor y yo soy poeta y declamador.
Y daba inicio a su perorata. Todos disfrutábamos del momento y nadie se sentía inhibido, otro compañero que no tenía más mérito que su aspecto de cura de pueblo, se hacía pasar como tal, así es que Sixto les decía a las nocturnas meseras que estaban frente a un padrecito y ellas hasta le solicitaban confesión al compañero.
Entre los jóvenes que no teníamos militancia estamos Aparicio y yo, no obstante dadas sus habilidades como pintor, ilustrador, caricaturista y diseñador, los dirigentes juveniles de los partidos solicitaban asesoría, a lo que él accedía en franca solidaridad con nuestros coetáneos.

Veracruzano al fin, artista y bohemio, en una de tantas noches culturales fuimos a parar a Garibaldi, éramos cinco jóvenes unos habían cobrado un salario y otros una beca económica, así es que de Bellas Artes a los mariachis.
Mientras negociábamos con un conjunto de mariachis para amenizar nuestra estancia en la plaza, Sixto se nos desapareció por unos minutos y después apareció con un grupo de músicos veracruzanos, jarochos de corazón y pues la fiesta se hizo en grande, los cinco parecíamos cincuenta.
Por nuestros oídos y frente a nuestros ojos, siempre con gran respeto pasaros personajes que Sixto admiró y que nos hizo reflexionar sobre la grandeza de los mismos, así recibimos conferencias brillantes de José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, José Luis Cuevas, Miguel León Portilla, Edmundo Valadés, Julio Carrasco Bretón, la maestra Alicia Pérez Salazar, Andrés Henestrosa, Sonia Amelio y tantas figuras del arte que Aparicio y nosotros los de su generación y clan disfrutamos.
Así pasaron años de disfrute entre las voces y enseñanza de pintores, escritores, músicos, oradores, artistas todos, artistas siempre.
Uno de sus grandes amigos de siempre fue Antonio Cosío de quien siempre habló con admiración y respeto, es más llegó a vivir por un tiempo en una propiedad del estremecedor locutor y declamador, a quién tanto admiraron las señoras por darle voz en la radionovela a San Martín de Porres.
Conocí y coincidí con Aparicio en muchos quehaceres profesionales, colaboramos en el periódico Ovaciones, El Financiero, en la Revista Quién, en la Revista Dicho en Política, en el periódico Los Periodistas en la revista Culturagua, no recuerdobien pero, no fueron menos de diez publicaciones en las que compartimos.
Tuve la fortuna de presentar algunas de sus exposiciones plásticas en la Ciudad de México, lo mismo que fomentar y promover espacios para su obra de caricatura política.
Cuando se enteró de que llegué a colaborar en un periódico de Acayucan llamado Ecos del Sureste le dio mucho gusto y desde entonces me presumía su pueblo natal cada que podía, la publicación la dirigía Rodolfo Mata y Ciro, no recuerdo el nombre completo del otro director, pero era de Acayucan.
Entre otras coincidencias siempre estuvimos de acuerdo en que: “La pintura como arte, debe ser poesía para la vista, y se debe leer con los ojos del alma” Esta frase fue la introducción a un discurso inaugural en una de sus múltiples exposiciones, y me nació para definir en pocas palabras la calidad de la obra de Aparicio.
Estas líneas no tienen la intención de hacer un análisis de la obra de Aparicio, que va, simplemente son destellos de recuerdos de un gran amigo con quién compartí una mitad del boleto del metro para poder transportarnos los dos.
Con Sixto como compañeros de anhelos soñamos con un país diferente, criticamos la corrupción y confiamos en que el arte puede ser un buen camino para el cambio, no desistimos, él no claudicó.
Como siempre cuando jóvenes tuvimos un gobierno duro, sordo, violento e indiferente a nuestras demandas, no le importaban nuestros sueños, nadie nos regaló nada si algo hay de bueno, en Aparicio hubo más porque amó su profesión como pocos se entregó al arte en cuerpo y alma, el día, la tarde y la noche no le bastaban para crear, por sus venas corría inspiración siempre. En los peores momentos le sonreía a la vida.
La enfermedad cayó antes que la Primavera y el 12 de marzo de este año se fue a pintar el mural perpetuo sobre el azul celeste, el decidió que no había limitantes para su arte.
Quisiera seguir la redacción de estas palabras, pero la tristeza me empieza a ganar, sólo te digo Sixto Aparicio Candelario, artista, amigo, hermano, que eres un ser humano que dejas un gran vacío en nosotros.
Tu obra es grande no hay duda y tus cuadros que seguro circulan por el mundo en estos días son como un desplazamiento de tus sueños.
Yo sé que entre los murales donde dibujaste el cielo dejaste un espacio para ti, para subir hasta allá, sin necesidad de andamios, sillas de rueda ni ayuda alguna.

Entre tus creaciones, la mejor expresión de tu arte es tu vida misma, tu amor por vivir, tu hija Isis Celeste, tu compañera Flor, todos los que te amamos, es más, hasta tu perro “El chato” sabe que estás escondido entre tus cuadros, dentro de tus libros, allí te huele y llora tu ausencia.
Querido Sixto me despido de ti con el poemínimo que tanto te gustaba, el que hice a mis hijos, los gemelos, en aquellos días en que también estaba por llegar Isis.
“Hermano cielo,
pintura de estrellas,
gemelo del mar”

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