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Por PAULO RUIZ VARGAS
Foto: Enrique González Morales

La concurrencia espera apacible en la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, cuando de repente la atención se enfoca en 5 jóvenes, Omar Felgueros y Rodrigo Lluch en los violines, Arturo Moscosa en la viola, Ángel Barbeito con el chello y Areli Cortés, sentada detrás del clavecín, un tipo de piano de la época barroca.
Con el primer sonido, todos los presentes fijan su mirada en el escenario y las notas de cada melodía vibran no solo en los oídos, sino en algo más profundo, ya que con el frotar de las cuerdas el sonido te transporta y te deja cautivo en aquel lugar que solo tú puedes imaginar.
Los artistas en escena sienten la interpretación y la transmiten, se nota en sus manos al tocar sus instrumentos, sus ojos andantes al compás de las partituras lo denotan y la gente se estremece en cada nota, en cada silencio, en un delicado compás.
El subir y bajar de tono deleita al oído, existe pasión en los intérpretes, se nota en sus pies que danzan quietos, tranquilos, pero ordenados del paso que les indican sus pupilas de acuerdo a la métrica musical.
Areli calza zapatillas negras y las puntas de sus pies casi no tocan el piso, parecen elevarse y de repente vuelven a caer conforme se detiene la pauta, una después de otra, girando en la fina delgadez del sutil tacón.
Omar y Rodrigo, con mayor libertad muestran un balanceo que mantiene atentos a todos, desde la primera hasta la última fila, incluso aquel que apenas se acerca a la puerta de este templo, que hoy es convertido en un bello recinto musical.
La simetría de los arcos de violines es perfecta y oscilan rápido y luego lento, como si formaran parte de esta locura, que ellos refieren querer llegar a lograr.
Arturo y Ángel miran a sus compañeros, hay confianza entre los músicos, son diez manos, pero tocan como un solo par; con sus miradas se dicen todo, no hace falta hablar.
Comienza el cierre y todo es calma, parece que la música acaricia a la audiencia, todos miran pacientes, apasionados, pues el ritmo acelera, aumenta el volumen y las emociones en el público son cada vez más, pues próximo está el final.
La música llega a su parte más alta, la cúspide, y todo empieza a revolotear, todo termina y de repente el auditorio, completamente de pie, aplaude. Ellos, Ensamble Kairos, integrantes del Centro Nacional de las Artes, sonríen y muestran su eterna gratitud.

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